Pronto son las elecciones generales en España. Este año, las campañas electorales de los partidos está siendo todo un acontecimiento. El show se puso en marcha tiempo atrás y todo se está orquestando para llegar al día definitivo, el día al que llaman a la población española a las urnas.
Durante año y medio mi país ha vivido un gran cambio en el espectro político, nuevas fuerzas emergentes, nuevos líderes y nuevas reglas en el juego. Para muchos, todo está «patas arriba”, desordenado, tendiendo al caos. Se han creado nuevas (o viejas) ideologías, fomentado sentimientos de pertenencia y creado un nuevo tejido social interesado en modificar la situación actual.
Sin embargo, haciendo una reflexión superficial y poco elaborada del contexto actual, España no ha cambiado en absoluto. La política sigue funcionando como si de equipos de fútbol se tratase. Se crean profundos sentimientos de hostilidad entre las personas que no son de la misma ideología. Se redescubre el odio y el desprecio entre seres humanos por pensar diferente. El término ‘derecha’ e ‘izquierda’ sigue levantando viejas heridas en la población y se usan para insultar y descatalogar a las personas. La única diferencia existente es que hace cuatro años sólo teníamos dos grandes equipos y ahora en el tablero hay cuatro piezas. Los jugadores se fragmentan, pero las actitudes se mantienen.
El otro aspecto muy a tener en cuenta es que hay un severo problema de memoria en este país. La corrupción es un tema del que todos hablan, pero pocos saben por qué. Atrás quedaron los papeles de Bárcenas, el fraude de los cursos de formación, la operación Púnica, las irregularidades de la financiación de los partidos, los cargos puestos a dedo, los transfugismos.
Son aspectos profundamente serios que, por desgracia, no mueven el suficiente interés. Al final, todo se reduce a una lucha de equipos, a un ganador y a un perdedor. No importa lo malo que pueda ser mi partido o las cosas turbias que tenga, el sentimiento de pertenecia termina con cualquier lógica.
El voto debería ser para un partido limpio, lo más limpio posible, que tenga mecanismos para eliminar y condenar a aquellos que se quieren lucrar de lo público. Y lo más importante, que pretendan reducir el nivel del Estado para que las posibilidades de corrupción disminuyan directamente.
Por eso afirmo que estas elecciones generales se podrían resumir en la siguiente frase:
«Cambiarlo todo para no cambiar nada»